Los recuerdos encubridores como formación del inconsciente
El psicoanálisis nos
aporta una nueva manera de pensar y también una novedad al trabajar la cuestión
del dónde se piensa. Es desde Freud, que podemos decir que el pensamiento se origina
en el inconsciente.
Asocio libremente,
cuento una historia, voy siempre un poco más allá o me quedo más acá de donde
quiero. Asociación libre, entonces, como un “decir sin
pensar” o mejor, sin pensar ahí donde creía pensar.
Para trabajar esta
cuestión de los recuerdos encubridores, vamos a ponerlos en relación con la
asociación libre, en el sentido de que el recuerdo no aparece como
acostumbramos a pensarlo, como algo aislado a buscar el los pliegues del olvido
o como algo inmóvil y fijo, sino que está ahí haciendo señas, no sin dejar de
ser una apariencia de lo que en verdad está en juego. Podemos pensar que en los
recuerdos encubridores hay una verdad que es opaca a la mirada del sujeto; en
ese relato, en su insistencia, hay un deseo inconsciente atravesando la escena.
El lenguaje,
sabemos, cubre lo real, no sin dejar algunos huecos, como en el lapsus; no sin
presentar algunos taponamientos, como en los recuerdos encubridores, los sueños
o los síntomas. Formaciones éstas, los chistes, las agudezas y los olvidos también integran esta serie, formaciones, decía, a través de las cuales
podremos encontrar las vías hacia lo inconsciente; vías siempre transitables,
en tanto trabajemos con el instrumento psicoanalítico.
Relato el recuerdo y
digo –Estábamos fulanito y yo- yo me veo desde afuera, lo cuento como una
espectadora, y es esto mismo lo que me hace sospechar de la autenticidad del
recuerdo, ese estar fuera. Se trata de una escena en la que no estoy, en la que
todavía me tendré que incluir.
El paciente comienza
a hablar y ese decir, esa palabra, no es transparente para él, el sujeto en
análisis despliega las mismas resistencias a aceptar su verdad deseante, que
las que le condujeron a enfermarse. Un pensamiento quedó alterado por una
contradicción, por un contra-tiempo proveniente de lo reprimido.
El recuerdo se sitúa
de esta manera, entre lo recordado y lo resistido.
El psicoanalista
tendrá que prescindir de cualquier orientación fija hacia un determinado
problema, y estudiar la superficie psíquica del paciente descubriendo las
resistencias que en ella emergen por medio de la interpretación. Interpretación
que siempre será, si del Psicoanálisis se trata, no de las resistencias, sino
interpretación del deseo inconsciente en transferencia.
He observado con
cuanta frecuencia, al nombrar las formaciones del inconsciente, nos olvidamos
de incluir en esta serie a los recuerdos.
Ya en 1899, en su
trabajo: “Los recuerdos encubridores”, Freud insiste en dibujarlos como un
producto del trabajo inconsciente, sugiriendo de este modo, lo que luego si
hacemos una lectura psicoanalítica podemos ver; rompe con la idea de memoria
como almacén de datos y plantea la memoria, como memoria inconsciente.
Señala, cuando nos
habla de los recuerdos que tenemos en la edad adulta sobre la infancia, que
existe una selección. Los pone en relación con conceptos como transacción,
resistencia, deformación; elementos condensados y desplazados. Nadie recuerda
de la misma manera, dice, hay una determinación estructural, hay una selección inconsciente
realizada por el niño, que elige, que sobredetermina, cuál es la infancia que
habremos de recordar. El adulto de este modo padece una cierta memoria de su
edad infantil, que ha sido determinada por el niño. Una memoria donde el sujeto
no recuerda esto o aquello de un modo arbitrario, sino que recuerda ahí, al
lado de lo que intenta olvidar. Los recuerdos como historias que se inscriben
en los márgenes del olvido. Recuerdo, no de aquello que pasó, sino de un deseo,
deseo que se desliza entre palabras.
Me gustaría señalar
que me estoy refiriendo a los recuerdos producidos, relatados, en la sesión de
análisis, al texto manifiesto del recuerdo, dentro del contexto del marco
transferencial.
El psicoanálisis
produce una ruptura en nuestro pensamiento, en tanto ese patrimonio histórico
del recuerdo, queda subvertido, queda relativizado, pasa a ser recuerdo de
ciertas fantasías encubridoras, fantasías que cubren un deseo, un deseo que es
inconsciente, y que como en el caso de los sueños, se trata de un deseo sexual,
infantil y reprimido. Patrimonio histórico entonces, pero de una historia
distinta a la que tendemos a pensar ideológicamente, en tanto a partir del
descubrimiento freudiano se trata de una historia de deseos.
Los recuerdos se nos
presentan así con la textura de un sueño, son como invenciones, como
taponamientos, para no darme cuenta de qué deseo. Contenido manifiesto, texto
sagrado que muestra y oculta en el mismo acto; producto del resultado de una
transacción entre ideas, como ocurre con el síntoma, es decir, producto del
resultado de una transacción entre un pensamiento reprimido y un pensamiento
represor. Recuerdo fallido, olvido conseguido.
O sea, no es que
recuerde para conseguir hacer un recorrido por el tiempo de mi vida, por el
tiempo de mi primera persona del singular, la memoria no tiene esta función, sino
que el tiempo que está en juego en la memoria es el tiempo del sujeto psíquico.
Sujeto sujetado a las leyes del lenguaje, y que en esa incapacidad de escapar a
esta determinación, produce los recuerdos de acuerdo con estas leyes.
El sujeto psíquico,
sabemos, se desliza en un tiempo recurrencial, un tiempo que en psicoanálisis
nombramos como futuro-anterior, y que en este artículo de “los recuerdos
encubridores”, en el ejemplo que Freud emplea se puede ver en su dimensión, no
es un recuerdo de la infancia sino una producción con pleno sentido de
evocación, que él realiza varios años después, a partir de dos fantasías
adolescentes, que se proyectan sobre una escena que ‘recuerda’ de su infancia.
Aquí en este ejemplo se puede ver en acción este tiempo que maneja el
psicoanálisis radicalmente diferente al tiempo del reloj.
En este sentido
podríamos decir que los recuerdos no existen, sino que insisten en forma de
fantasías encubridoras. Pero en esa insistencia hay una verdad a construir, una
verdad que atañe al sujeto del deseo, una verdad que se halla entre líneas. Y
así como los hechos sólo existen después de ser interpretados, los recuerdos
también.
Lo que el paciente
cuenta, su relato, es la materia prima con que tenemos que laborar, no tiene
porqué guardar relación con lo vivido; sino que en el acto de recordar queda
actualizado un deseo inconsciente del sujeto.
Freud plantea los
recuerdos encubridores como una formación del inconsciente, y tal vez esta sea
una de las razones por las que se levantan tantas resistencias contra el
psicoanálisis; una herida narcisística insoportable, para la que nos lega como
único soporte el tratamiento psicoanalítico. El verdadero descubrimiento
freudiano, entonces, es aplicable a todo relato, es un tratamiento por la
palabra, un tratamiento que utiliza la palabra como materia prima y que por
tanto sirve para todos los discursos, para todos los seres parlantes.
