jueves, 31 de mayo de 2012


Los recuerdos encubridores como  formación del inconsciente


El psicoanálisis nos aporta una nueva manera de pensar y también una novedad al trabajar la cuestión del dónde se piensa. Es desde Freud, que podemos decir que el pensamiento se origina en el inconsciente.

Asocio libremente, cuento una historia, voy siempre un poco más allá o me quedo más acá de donde quiero. Asociación libre, entonces, como un decir sin pensar” o mejor, sin pensar ahí donde creía pensar.

Para trabajar esta cuestión de los recuerdos encubridores, vamos a ponerlos en relación con la asociación libre, en el sentido de que el recuerdo no aparece como acostumbramos a pensarlo, como algo aislado a buscar el los pliegues del olvido o como algo inmóvil y fijo, sino que está ahí haciendo señas, no sin dejar de ser una apariencia de lo que en verdad está en juego. Podemos pensar que en los recuerdos encubridores hay una verdad que es opaca a la mirada del sujeto; en ese relato, en su insistencia, hay un deseo inconsciente atravesando la escena.

El lenguaje, sabemos, cubre lo real, no sin dejar algunos huecos, como en el lapsus; no sin presentar algunos taponamientos, como en los recuerdos encubridores, los sueños o los síntomas. Formaciones éstas, los chistes, las agudezas y los olvidos también integran esta serie, formaciones, decía, a través de las cuales podremos encontrar las vías hacia lo inconsciente; vías siempre transitables, en tanto trabajemos con el instrumento psicoanalítico.

Relato el recuerdo y digo –Estábamos fulanito y yo- yo me veo desde afuera, lo cuento como una espectadora, y es esto mismo lo que me hace sospechar de la autenticidad del recuerdo, ese estar fuera. Se trata de una escena en la que no estoy, en la que todavía me tendré que incluir.

El paciente comienza a hablar y ese decir, esa palabra, no es transparente para él, el sujeto en análisis despliega las mismas resistencias a aceptar su verdad deseante, que las que le condujeron a enfermarse. Un pensamiento quedó alterado por una contradicción, por un contra-tiempo proveniente de lo reprimido.

El recuerdo se sitúa de esta manera, entre lo recordado y lo resistido.

El psicoanalista tendrá que prescindir de cualquier orientación fija hacia un determinado problema, y estudiar la superficie psíquica del paciente descubriendo las resistencias que en ella emergen por medio de la interpretación. Interpretación que siempre será, si del Psicoanálisis se trata, no de las resistencias, sino interpretación del deseo inconsciente en transferencia.

He observado con cuanta frecuencia, al nombrar las formaciones del inconsciente, nos olvidamos de incluir en esta serie a los recuerdos.

Ya en 1899, en su trabajo: “Los recuerdos encubridores”, Freud insiste en dibujarlos como un producto del trabajo inconsciente, sugiriendo de este modo, lo que luego si hacemos una lectura psicoanalítica podemos ver; rompe con la idea de memoria como almacén de datos y plantea la memoria, como memoria inconsciente.

Señala, cuando nos habla de los recuerdos que tenemos en la edad adulta sobre la infancia, que existe una selección. Los pone en relación con conceptos como transacción, resistencia, deformación; elementos condensados y desplazados. Nadie recuerda de la misma manera, dice, hay una determinación estructural, hay una selección inconsciente realizada por el niño, que elige, que sobredetermina, cuál es la infancia que habremos de recordar. El adulto de este modo padece una cierta memoria de su edad infantil, que ha sido determinada por el niño. Una memoria donde el sujeto no recuerda esto o aquello de un modo arbitrario, sino que recuerda ahí, al lado de lo que intenta olvidar. Los recuerdos como historias que se inscriben en los márgenes del olvido. Recuerdo, no de aquello que pasó, sino de un deseo, deseo que se desliza entre palabras.

Me gustaría señalar que me estoy refiriendo a los recuerdos producidos, relatados, en la sesión de análisis, al texto manifiesto del recuerdo, dentro del contexto del marco transferencial.

El psicoanálisis produce una ruptura en nuestro pensamiento, en tanto ese patrimonio histórico del recuerdo, queda subvertido, queda relativizado, pasa a ser recuerdo de ciertas fantasías encubridoras, fantasías que cubren un deseo, un deseo que es inconsciente, y que como en el caso de los sueños, se trata de un deseo sexual, infantil y reprimido. Patrimonio histórico entonces, pero de una historia distinta a la que tendemos a pensar ideológicamente, en tanto a partir del descubrimiento freudiano se trata de una historia de deseos.

Los recuerdos se nos presentan así con la textura de un sueño, son como invenciones, como taponamientos, para no darme cuenta de qué deseo. Contenido manifiesto, texto sagrado que muestra y oculta en el mismo acto; producto del resultado de una transacción entre ideas, como ocurre con el síntoma, es decir, producto del resultado de una transacción entre un pensamiento reprimido y un pensamiento represor. Recuerdo fallido, olvido conseguido.

O sea, no es que recuerde para conseguir hacer un recorrido por el tiempo de mi vida, por el tiempo de mi primera persona del singular, la memoria no tiene esta función, sino que el tiempo que está en juego en la memoria es el tiempo del sujeto psíquico. Sujeto sujetado a las leyes del lenguaje, y que en esa incapacidad de escapar a esta determinación, produce los recuerdos de acuerdo con estas leyes.

El sujeto psíquico, sabemos, se desliza en un tiempo recurrencial, un tiempo que en psicoanálisis nombramos como futuro-anterior, y que en este artículo de “los recuerdos encubridores”, en el ejemplo que Freud emplea se puede ver en su dimensión, no es un recuerdo de la infancia sino una producción con pleno sentido de evocación, que él realiza varios años después, a partir de dos fantasías adolescentes, que se proyectan sobre una escena que ‘recuerda’ de su infancia. Aquí en este ejemplo se puede ver en acción este tiempo que maneja el psicoanálisis radicalmente diferente al tiempo del reloj.

En este sentido podríamos decir que los recuerdos no existen, sino que insisten en forma de fantasías encubridoras. Pero en esa insistencia hay una verdad a construir, una verdad que atañe al sujeto del deseo, una verdad que se halla entre líneas. Y así como los hechos sólo existen después de ser interpretados, los recuerdos también.

Lo que el paciente cuenta, su relato, es la materia prima con que tenemos que laborar, no tiene porqué guardar relación con lo vivido; sino que en el acto de recordar queda actualizado un deseo inconsciente del sujeto.

Freud plantea los recuerdos encubridores como una formación del inconsciente, y tal vez esta sea una de las razones por las que se levantan tantas resistencias contra el psicoanálisis; una herida narcisística insoportable, para la que nos lega como único soporte el tratamiento psicoanalítico. El verdadero descubrimiento freudiano, entonces, es aplicable a todo relato, es un tratamiento por la palabra, un tratamiento que utiliza la palabra como materia prima y que por tanto sirve para todos los discursos, para todos los seres parlantes.

miércoles, 30 de mayo de 2012

En el camino hacia el amor, fuimos aprendiendo que el amor, como el camino, había que hacerlo.